De ex vagabundo a pesadilla de una multinacional

Kyle Grant vivía en un asilo del Bronx mientras trabajaba para el gigante musical sin recibir nada a cambio

De ex vagabundo a pesadilla de una multinacional | PlayGround | Actualidad Musical

En los próximos meses, el gigante de la industria Warner Music Group podría tener que pagar varios millones de dólares a más de tres mil jóvenes. El pasado mes de mayo, el juzgado dio luz verde a lad firmas de abogados Virginia & Abinder y Leeds Brown para que avisaran a todos los becarios de la compañia de que pueden unirse a una denuncia colectiva por impagos y abusos laborales.

El líder de dicha acusación es Kyle Grant, un veinteañero ex vagabundo que sufrió durante dos años las caprichosas demandas de los jefes de la sede de WMG. Según cuenta en Newsweek, tenía que ser el primero en llegar para hacer el café y el último en salir doce horas después. Les llevaba la comida y la ropa a la tintorería, cargaba con su equipaje y llevaba a cabo todo tipo de recados personales. Desgraciadamente, nada muy distinto de lo que estamos acostumbrados a oír uando se trata de becarios trabajndo para grandes multinaciones. Si no fuera porque, además, Grant vivía por aquel entonces en un asilo del Bronx que amenzaba con echarle porque no respetaba el toque de queda ni iba a recoger sus tickets de comida a la hora estipulada. La empresa para la que trabajaba hizo caso omiso a sus peticiones. Tampoco le pagó un duro por sus servicios.

Trabajó durante ocho meses esperando que, en algún momento alguien le diera la oportunidad de cumplir su sueño: trabajar de verdad en la industria musical. Y cuando empezó a cumplir de verdad las labores que en teoría debería desempeñas, y fue a reunirse con una banda prometedora para hablar de sus posibilidades, Warner le despidió por haberse escapado a la hora de la comida. No le dio más explicaciones. Tampoco le retribuyó por sus servicios.

Pocas compañias escapan a la polémica en torno al mal tratamiento de sus becarios. Del New York Times a la NBC, pasando por Fox, Slate o el grupo editorial Hearst. Todas han sufrido en los últimos años denuncias por parte de jóvenes que consideran haber sido explotados. Hasta tal punto que Condé Nast, la editora de revistas como Vogue o The New Yorker, decidió suspender su programa de becas para retirarse del blanco de las críticas.

Algunas demandas han tenido éxito, como la interpuesta por Lucy Bickerton al programa de televisión de Charlie Rose, por la que la demandante recibió casi doscientos mil euros de indemnización. Otras, como la que varios becarios inciaron contra la revista Harper’s Bazaar acabó desestimándose. El medio se escudó en concreciones terminológicas, argumentando que dichos jóvenes estaban en "proceso de entrenamiento" y, como tal, no tenían por qué ser remunerados.

Una estrategia que, al parecer, va a utilizar también Warner para salir indemne de esta demanda colectiva, aunque las irregularidades que enumera Grant jugan muy en su contra. No sólo porque las tareas desempeñadas por muchos de sus becarios no se corresponden a las estipuladas, sino porque la mayoría de ellos permanecen en su puesto meses e incluso años sin recibir nada a cambio.

Pero más allá de que este caso pueda sentar precedentes en la cuestión de la precariedad laboral y forzar a muchas otras compañías a regular el tratamiento de sus becarios, el caso de Grant es interesante porque desmiente uno de los prejuicios más repetidos en este ámbito: los becarios en medios de comunicación y compañías audiovisuales son hijos de familias adineradas que se pueden permitir trabajar sin cobrar.

El verano pasado, la consultora Intern Bridge publicó un estudio basado en el nivel de renta familiar de los becarios no remunerados. El 28% procedía de familias que ingresaban menos de 40.000 dólares anuales (poco, en comparación con la renta estadounidense), el 30% tenía unos beneficios entre los 40 y los 80.000 dólares y sólo el 17% de los becarios no remunerados procedía de familias adineradas, con más de 120 mil dólares anuales.

La motivación principal para aceptar una de estas becas es poder conseguir un trabajo después del proceso de aprendizaje, aunque la situación actual es cada vez menos proclive a que eso ocurra. En cualquier caso, es casi imposible para jóvenes de cualquier estrato social acceder al puesto para el que se han formado sin pasar por unos años de prácticas. En muchas ocasiones dicha etapa resulta fructífera e incluso necesaria, en muchas otras, al parecer, sólo sirve para aprender a utilizar cafeteras o llevar varias bultos en la mano sin perder el equilibrio.

"Quería hacer cualquier cosa para hacerme un nombre, destacar al menos ante alguien", cuenta Grant a Newsweek. Sabía cuáles eran sus escasas condiciones de vida y probablemente supiera que no iban a mejorar a largo plazo, sino todo lo contrario. Pero esa es la causa principal por la que aceptó el trabajo. Tal vez ahora, meses después y disputas legales mediante, sea recompensado por ello.

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